LA ATLÁNTIDA DE SINALOA

Por Mario Rodríguez Kato

“Un rincón de nostalgia en medio de la naturaleza”

En la cultura griega existió el mito de la Atlántida, la ciudad perdida. Fue en Los Diálogos del filósofo platón donde surge la historia de una ciudad que existe bajo las aguas del océano, y que en otros tiempos llegó a ser la potencia militar de la región, hasta que fue derrotada por el pueblo de Atenas, uno de los más importantes del imperio griego.

            Al hacer un paralelismo con aquello de “ciudad bajo el agua”, en Sinaloa, tenemos nuestra propia Atlántida, resulta que antes de la construcción de la presa Aurelio Benassibi Vizcaíno, en el municipio de Elota, en un valle bajo las faldas de la sierra a un kilómetro de lo que hoy es la cortina de la presa, se encuentran los vestigios de los pueblos El Salto Chico, Salto grande, La Estancia, Zoquititán y San José de Conitaca.

            Tras la construcción de la presa en los años ochenta, estos pueblos fueron sepultados bajo el agua con los desfogues; hoy sobre sus ruinas hay una imponente laguna en la que se realiza la pesca comercial y deportiva, y recientemente hasta paseos en Catamarán. 

            Jaime Rodríguez un habitante nacido en el Salto Grande, nos dice, “aquí están los cimientos de la casa donde vivía con mi familia”, estaba parado sobre tierra y césped en un perímetro rectangular de aproximadamente 10 x 5 metros, ligeramente delimitado por algunos ladrillos semienterrados. Jaime dejó el pueblo para irse a estudiar a Mazatlán en la adolescencia, iba y venía, y en una de esas visitas solo encontró a su pueblo bajo el agua y a sus vecinos y familiares reubicados unos kilómetros al sur.

            Hoy el poblado del Salto Grande, al ser reubicado hacia el surponiente de su ubicación original, lleva por nombre solo “El Salto” a secas, ya que los pobladores de El Salto Chico que fueron reubicados aún más al surponiente casi pegado a la carretera libre Culiacán – Mazatlán, viven en un espacio cuyo nombre es “Pueblo Nuevo”; la presa no solo les quitó sus espacios, sino además una parte de su identidad.

            Nuestro amigo, el profesor Crispín Moreno, quien también nació en El Salto Grande, nos señala un par de ruinas, justo en medio del gran lago, “eso que ves ahí era el panteón de los dos pueblos”; gira su cuerpo a la derecha y señala otra ruina que sobresale casi a la orilla del nivel del agua, “esa casa que ves ahí, era la escuela primaria”. A Crispín le tocó vivir los peregrinares que hacían ambos pueblos en día de la Santa Cruz desde el valle hasta la mitad de uno de los cerros, en donde tenían una cruz gigante echa de piedra, “todas esas costumbre se perdieron cuando nos reubicaron”, sentencia.

            Es así que en un pequeño valle de la sindicatura de Zoquititán, en el municipio de Elota, yacen bajo el agua que deriva de la presa Aurelio Benassibi alias “El Salto”, las ruinas de varios pueblos originarios, que son hoy nuestra propia versión de la Atlántida, quién diría que debajo de una rincón natural para la pesca y el descanso están las ruinas de varios pueblos y el espíritu de su historia.

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