• abril 30, 2026 6:34 am

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LOS SIETE LOCOS| Apunte sobre la literatura sinaloense del siglo XXI.

Por Hernán Arturo Ruíz.-

Me da gusto la literatura sinaloense de este siglo. Me da gusto porque creí que no existía. A mis doce años. Cuando solo conocía los libros de J.K. Rowling, C.S. Lewis y Tolkien. Porque supe de la literatura mexicana cuando mis padres (desencantados egresados de la Facultad de Filosofía y Letras) me presentaron la historia de un hombre que viajaba a un pueblo a buscar a su padre, un tal Pedro Páramo y creí que ahí terminaba todo. 

Cuando descubrí la literatura sinaloense a los quince años pensé que solo se conformaba por un librito de Inés Arredondo que encontré en el cuarto de abajo de mi casa y en los “Cuentos para militantes conversos” de Élmer Mendoza que le robé a papá de su librero. En ese librero también descubrí a Jesús G. Andrade, Cecilia Zadi, Teresa Villa, Francisco Verdugo Fálquez y a Ramón Rubín, pero su obra, atemporal si bien es cierto, fue escrita tiempo atrás. El Sinaloa que ellos conocieron (con la excepción de Élmer), ya no existía. Entre los 16 y 20 años intenté escribir un libro de cuentos, dos obras de teatro e infinidad de novelas, sin conocer o leer a otras personas que tuvieran mis mismas inquietudes. Las primeras opiniones literarias que tuve de lo que escribía me las dieron papá y mamá, pero, aunque conocieran de estructura narrativa, aunque reconocieran elpretérito pluscuamperfecto a kilómetros de distancia y se supieran de memoria algunas páginas del Quijote y del Decamerón de Boccaccio, la natural condescendencia depadres a hijos les obligaba a mentir cuando les leían mis incipientes textos y ellos respondían: “Qué bonito, hijo”. Tuve que buscar una opinión sincera. 

Descubrí la literatura sinaloense de este siglo en un grupo de jóvenes escritores que se reunían cada jueves en un salón del Cuadrante Creativo del Parque Constitución. En ese espacio, que era liderado por la escritora y tallerista, Mariel Iribe Zenil, escritora capaz de encontrar lo extraordinario en los detalles cotidianos y convertir en literatura la oscuridad del ser humano como lo demuestra en su libro “El último intento”, encontré a quienes luego me acompañarían, no solo en diversas antologías, sino en la vida misma. Conocí la literatura de Jorge Iván Chavarín, quien me enseñó que un viaje por Cuba o por China, se puede convertir en una experiencia del lenguaje donde uno se adentra en los entramados laberintos de la condición humana. Ahí estaba también la pluma de Jonathan Osuna, Alma Delia Sapiens y Heriberto Díaz-Peña quienes ratificaron con sus implacables cuentos la gran calidad literaria de los ingenieros. Ese espacio, que luego se convertiría en el Laboratorio para Narradores, me llevó aconocer a otros autores de este siglo. Entendiendo a la literatura sinaloense como la escrita entre el año 2000 y el momento en el que leo estas palabras. Miguel Tapia, Víctor Santana, Aramis Franco, Martín Durán, Sergio Ceyca, Teresa Díaz del Guante y Raquel Cota, entre otros. Confieso que no los he leído a todos y eso, más que avergonzarme, me emociona, saber que aún hay decenas de plumas paisanas por descubrir, por reencontrar, porque esa fue la sensación que tuve con la literatura de la gran mayoría, de reencuentro. Por ejemplo, con la de aquel mazatleco que paseó al diablo en bicicleta desde Olas Altas hasta Nuevo León, un tal Julio Zatarain que a base de horas nalga se ha consagrado como un alfarero de la narrativa viscerrealrealista del puerto. Con César Bañuelos que, con puro compromiso y disciplina (y quizá unos tarros de cerveza oscura), se ha colocado en unos cuantos años como una promesa de la literatura infantil y juvenil sinaloense, un señor del terror y de la fantasía que nos enseña que todo lo vivido es posible y, lo escrito, aún más. Alberto Avendaño es otro ejemplo, con su rampante libro Bajo la sombra de las amapas que dibuja un matiz de Sinaloa no muy grato, pero que no podemos negar que está ahí.

Poetas, cronistas, dramaturgos. La literatura sinaloense de este siglo lucha por resistir, a la violencia, al estigma, a la facilidad con que ahora cerramos un libro y damos clic a un reel. A la sencillez con que una noticia cruda nos desubica y no nos permite concentrarnos en nada más por unos minutos. Hace poco me preguntaba, ¿por qué después de todo lo que nos ha pasado como sociedad seguimos escribiendo? Es falso que la respuesta sea: Porque no sé hacer otra cosa. Mentira. A quien ha dicho eso lo he visto dar extraordinariasclases, operar, sacar adelante un negocio, ganar un juicio. No escribimos porque no sepamos hacer otra cosa. Escribimos porque no tenemos opción. Porque las historias nos llegan, porque la necesidad de expresar lo que sentimos, lo que nos afecta y obsesiona, nos invade; y no hay otra forma de expulsar esa malilla que escribiendo, como lo decía el buenazo de Cortázar: tecla tras tecla. Escribimos porque esa es nuestra forma de gritar, de denunciar, de explotar y de aceptar.  Casi hasta de llorar según nos dijo el genial de Pepe Revueltas. 

Nuestra literatura no es la de la violencia del noticiero nada más, no es la del chico que sale a la calle a vender enervantes o a defender la plaza, es algo más, algo que se queda, que lucha por sobrevivir, por asentar un testimonio humano, veraz y único. Me agrada ver que la literatura sinaloense del siglo XXI lucha por volverse atemporal, como la de los autores que mencioné en un principio, y lo mejor es que mis colegas no escriben con ese afán, faltaba más, escriben porque no nos queda de otra, a pesar de que operemos, de que demos clases, de que litiguemos, seamos artesanos, cocineros, músicos, comerciantes, amas de casa o jefes y jefas de familia, escribimos porque queremos decir algo, y eso es que aquí seguimos, los que compartimos un espacio, un contexto, un paisaje y un clamor. Hoy lo comprobamos, una vez más, Sinaloa existe y existe también en el lenguaje. Qué bueno que descubrí la literatura sinaloense del siglo XXI. Salud por ella, y larga vida a las plumas paisanas, arrieras en este paisaje de valles, costas y sierras. Que nos sigamos encontrando en el camino.