• agosto 11, 2026 1:33 pm

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LOS PORTALES
Por Ana Karen Zazueta.-

Las personas deberíamos aprender a envejecer con dignidad. No hablo solamente de aceptar las canas, las arrugas o el inevitable paso del tiempo, hablo de algo bastante más difícil, llegar al final de la vida pudiendo reconocerse frente al espejo. En política debería ocurrir exactamente lo mismo. Hay cargos que terminan, privilegios que desaparecen y fotografías que tarde o temprano dejan de publicarse, pero la dignidad, cuando se pierde, rara vez encuentra el camino de regreso.

Pensé en eso al escuchar recientemente a María Teresa Guerra Ochoa hablar sobre el proceso interno de Morena en Sinaloa y colocar a Omar López Campos como uno de los hombres mejor posicionados para encabezar la coordinación de la defensa de la Transformación y la soberanía nacional.

No sería particularmente relevante si esas palabras vinieran de cualquier integrante de Morena. Pero vienen de Tere Guerra.

Y ahí está precisamente lo triste.

Porque María Teresa Guerra no apareció ayer en la vida pública. Mucho antes de convertirse en funcionaria fue abogada laboralista, académica y activista; construyó durante décadas una trayectoria vinculada con la defensa de mujeres, trabajadores y grupos vulnerables. Después llegó al gobierno de Rubén Rocha Moya como secretaria de las Mujeres y posteriormente al Congreso del Estado, donde encabezó la Junta de Coordinación Política.

Por eso sorprende escucharla haciendo semejante valoración.

Omar López Campos puede aspirar legítimamente a lo que quiera, como cualquier militante. Lo discutible es venderlo como una especie de revelación política surgida naturalmente de las entrañas del movimiento. Su trayectoria reciente ha transcurrido fundamentalmente alrededor de cargos públicos. Fue delegado de los Programas para el Bienestar, posteriormente secretario de Bienestar y Desarrollo Sustentable del Gobierno estatal y además es suplente del senador Enrique Inzunza Cázarez. Es también hijo de Eligio López Portillo, actual figura relevante del Congreso sinaloense.

No es pecado tener padre político, padrinos o relaciones. El problema aparece cuando se pretende convertir esas circunstancias en arraigo popular.

Porque Morena no nació en los escritorios del Gobierno de Sinaloa.

Antes de los nombramientos, las camionetas oficiales, los asesores y las fotografías institucionales hubo mujeres y hombres recorriendo calles cuando declararse obradorista todavía tenía costos. Hubo quienes defendieron a López Obrador cuando hacerlo no daba cargos, contratos ni candidaturas. Frente a esas biografías resulta, por decir lo menos, extraño que alguien con la historia política de Tere Guerra encuentre precisamente en López Campos al gran referente masculino del momento.

Cicerón escribió De senectute para reflexionar sobre la vejez y sostuvo, en esencia, que los últimos años no tienen por qué significar decadencia cuando detrás existe una vida construida con virtud. Más de dos mil años después seguimos sin entender algo elemental, envejecer dignamente también significa no traicionar aquello que alguna vez defendimos.

Tal vez ahí está el verdadero drama de Tere Guerra.

No en aspirar a gobernar Sinaloa, tiene todo el derecho. Tampoco en pertenecer a determinado grupo político. Lo lamentable sería que para mantenerse dentro de ese grupo tuviera que terminar legitimando cualquier ficha que éste coloque sobre el tablero.

El rochismo atraviesa uno de sus momentos políticos más complicados, particularmente después de los señalamientos e investigaciones que han alcanzado a distintas figuras de su círculo. Conviene aquí ser precisos, porque públicamente existen diferencias entre personas señaladas, investigadas, llamadas a declarar o formalmente imputadas.

En ese contexto han aparecido voces dispuestas a defender el proyecto casi por reflejo. Rodolfo Valenzuela es otro ejemplo. Participa en una competencia donde sus posibilidades pueden discutirse, pero dedica buena parte de su discurso a confrontar a quienes no coinciden con la visión política del grupo gobernante.

Pareciera que algunos no participan para ganar, sino para cuidar el rancho.

Y entonces regresamos a Tere.

Quizá la política cobra facturas. Quizá haber sido secretaria, diputada y presidenta de la JUCOPO genera compromisos que desde afuera no alcanzamos a comprender. Pero precisamente por eso existen momentos en los que una persona debe decidir qué quiere conservar cuando los cargos terminen.

Porque todos envejecemos.

También los gobernadores, los diputados, los senadores y quienes hoy se sienten indispensables.

El poder envejece muchísimo más rápido que las personas.

Y cuando finalmente se acaba, sólo queda el nombre.

Sería una lástima que María Teresa Guerra Ochoa, después de tantos años construyendo una historia ligada a causas que alguna vez parecieron auténticas, terminara sus días políticos convertida simplemente en otra voz encargada de pagar favores.

Hay formas mucho más dignas de envejecer.

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