
EN LA RAYA
Por Jose Luis López Duarte.-
Hay de empresarios a empresarios: una división que no solo se asienta en la capacidad económica, sino en su relación con el poder político y el entorno social en el que se mueven. En México, como en muchos otros países, existen dos mundos empresariales que conviven –o más bien subsisten– en una tensa desigualdad. Por un lado, aquellos magnates que, gracias a su poderío económico, tienen un asiento permanente en la mesa del poder, una influencia directa e indeleble en la política y en la economía nacional. Por otro, los empresarios de tamaño menor, quienes viven y sobreviven al ritmo incierto de las circunstancias económicas, al margen muchas veces de los juegos políticos y sujetos a la volatilidad del contexto.
Esta distinción fundamental apunta a una obviedad que suele olvidarse: unos dependen de sí mismos, tienen la capacidad para moldear escenarios y ejercer presión, mientras que otros permanecen a merced de lo que venga desde fuera, sin capacidad ni poder para influir decisivamente. En ese sentido, las expresiones políticas de los empresarios no son uniformes, sino directamente proporcionales a su independencia económica. Cuanto mayor es el patrimonio y la capacidad de acción, más autónomas pueden ser sus decisiones respecto a partidos políticos, ideologías o proyectos predefinidos. En cambio, el empresario menor tiende a inclinarse según los vientos coyunturales, sin más brújula que la supervivencia inmediata.
Por ello me parece una ingenuidad esperar definiciones claras y anticipadas sobre la posición política empresarial con miras al 2027. La política, y más la empresarial, no se reduce a un tablero de ajedrez donde cada pieza tiene una función fija y previsible. Este es un terreno resbaladizo, donde las decisiones se gestan en la incertidumbre y en la necesidad pragmática. Los empresarios mayores saben que no todo está predeterminado; se adaptan, suman y restan apoyos, a veces no apoyan a nadie, y otras veces parecen respaldar a todos por igual. Esta versatilidad social es lo que hace imposible adelantar conclusiones sólidas sobre quiénes serán los actores relevantes en la próxima contienda electoral.
todo esto viene a cuento por la pretensión del diputado federal Alfonso Ramírez Cuéllar, de Morena, y la supuesta postura de Claudia Sheinbaum, de establecer certezas absolutas respecto a las alianzas y preferencias de estos sectores empresariales, en su mas resiente visita donde se reunió con los grupos empresariales mas importantes del estado. Más aún cuando hablamos de un estado como Sinaloa, escenario donde las particularidades locales dificultan aún más cualquier generalización. Por lo que resulta absurdo y hasta un poco ingenuo rasgarse las vestiduras al tomarse como derrota anticipada de la oposicion sinaloense la reunión de el personero de MORENA con el empresariado sinaloense, y a raiz de ello hacer un comunicado donde se invoca la ética y la moral como supuestos principios rectores de un grupo cuyo interés principal nunca ha sido ni será exclusivo en esos términos. El llamado del «MasterChef» Taniyama y su invocación casi litúrgica a esos valores constituyen un gesto más retórico que realista, una plegaria que ignora las prioridades genuinas de esa élite.
Faltan diez meses para el primer domingo de junio de 2027 y aún cuando el tiempo parece largo, la realidad nos indica que las definiciones políticas se irán dando de forma paulatina, distribuidas en todos los estados, municipios, partidos y ciudadanos. Pero esas definiciones no serán producto del capricho de alguno ni del simple despliegue del poder económico de otros cuantos. Serán fruto de un complejo juego de contradicciones entre las fuerzas sociales y los gobiernos, una dinámica múltiple y variada que se despliega simultáneamente en diversos puntos del país.
Pensar que algunos factores de poder, como el económico de los ricos empresarios, puedan determinarlo todo es una simpleza mayúscula. No se trata aquí de menospreciar ni invalidar a nadie, mucho menos. Reconocer la influencia que esos grupos tienen es justo y necesario. Pero también es indispensable aceptar que nadie posee la varita mágica ni la bola de cristal capaz de predecir con seguridad el rumbo político del país, sobre todo en una sociedad tan cambiante y con escenarios que evolucionan a velocidad vertiginosa.
La política es, en esencia, un arte complejo e interesado, que responde a múltiples factores convergentes y divergentes a la vez. Las correlaciones de fuerza social pueden cambiar, como lo han hecho a lo largo de la historia. Por eso la prudencia intelectual, el reconocimiento de la incertidumbre y el análisis crítico, siempre lejos de simplismos y dogmas, deben guiar nuestra lectura de estos tiempos convulsos. En suma, hay de empresarios a empresarios, y con ellos también hay de política a política… pero nada está escrito en piedra, ni ahora ni en 2027