
CAJA POLÍTICA
Por Yamir de Jesús Valdez Álvarez.-
Hay declaraciones que dicen más por lo que revelan que por lo que pretenden demostrar. Mario Zamora Gastélum, diputado federal plurinominal del PRI y nuevamente aspirante a la gubernatura de Sinaloa, dejó una de esas frases que, lejos de exhibir fortaleza, parecen desnudar una debilidad.
El lunes 5 de octubre, durante un desayuno con medios de comunicación en Culiacán, Zamora aseguró que funcionarios del Gobierno estatal, servidores públicos municipales, alcaldes y diputados vinculados a Morena lo buscan, le expresan respaldo en privado e incluso le ofrecen organizarle reuniones.
“Saben que hay muchos funcionarios de Morena que nos están ayudando a nosotros, que me buscan, que me hablan”, dijo. Después vino aquello de “Mario, estamos contigo, no lo puedo decir públicamente”.
Suena espectacular. El pequeño problema es que no dio un solo nombre.
Y en política, cuando una afirmación de semejante tamaño descansa únicamente en el “créeme”, deja de ser una demostración de músculo para convertirse en un bluff. Si esos respaldos existen, Mario sabrá perfectamente quiénes son. Mientras no aparezcan, lo único comprobable es que decidió presumir una estructura ajena para intentar fortalecer su propia aspiración.
Ahí está precisamente lo interesante. Mario Zamora quiere ser candidato del PRI, presume que puede competir y ganar, habla de sacar a Morena del gobierno, pero cuando llega el momento de presumir fuerza territorial no habla de los priistas. Habla de los morenistas.
Ese detalle no es menor.
Uno supondría que quien pretende encabezar al priismo sinaloense rumbo a 2027 tendría interés en destacar a sus cuadros, sus liderazgos municipales, sus estructuras, sus militantes y a quienes han permanecido en el partido durante los años difíciles. Zamora prefirió presumir que desde Morena lo buscan a escondidas.
En otras palabras, para demostrar que tiene fuerza necesita decir que se la prestan desde el partido que pretende derrotar.
Vaya contradicción.
Porque si estamos frente a un bluff, resulta políticamente innecesario. Pero si fuera verdad, el asunto sería todavía más interesante.
Supongamos, sin conceder, que efectivamente alcaldes, diputados o funcionarios morenistas están trabajando para llevar a Mario Zamora a la gubernatura. La pregunta elemental sería qué recibirían a cambio. La política no suele funcionar mediante actos de caridad. Los respaldos importantes producen compromisos, acuerdos, expectativas y eventualmente posiciones.
Entonces habría que preguntarle a Mario qué estaría dispuesto a comprometer con esos personajes que, según él, permanecen públicamente en Morena mientras clandestinamente trabajan para su proyecto.
Porque no se puede construir un discurso para sacar a los morenistas del poder y simultáneamente presumir que serán los propios morenistas quienes ayuden a llevarte hasta él.
O son adversarios cuya salida considera necesaria, o son aliados secretos indispensables para su triunfo. Ambas cosas al mismo tiempo resultan difíciles de explicar.
Pero hay algo todavía más grave para su propio partido.
Cada priista que se fotografía con Mario, cada militante que acude a sus reuniones, cada dirigente que intenta levantar una estructura golpeada por las derrotas recientes podría preguntarse legítimamente por qué el aspirante necesita presumir el respaldo secreto de Morena para demostrar viabilidad.
Porque el mensaje involuntario termina siendo demoledor. El PRI no alcanza.
Tan deteriorada está la oposición, según se desprende de la propia narrativa de Zamora, que uno de sus principales aspirantes necesita buscar legitimidad política en supuestos apoyos provenientes precisamente del partido en el poder.
Es casi una cachetada a los priistas que se quedaron cuando portar la camiseta tricolor dejó de garantizar cargos, candidaturas y victorias.
Mario quiso presumir músculo y terminó hablando de músculos ajenos.
Puede llamarle estrategia, operación política o acercamientos discretos. Cada quien decidirá cuánto creer. Pero mientras los misteriosos alcaldes, diputados y funcionarios de Morena permanezcan sin nombre y sin rostro, aquello seguirá pareciendo exactamente lo que parece.
Un bluff.
Y quizá esa sea la ironía mayor. Mario Zamora quiere convencer a Sinaloa de que el PRI puede regresar al poder, pero antes tendría que demostrar algo mucho más elemental.
Que él mismo todavía confía en el PRI.