Por: Enrique Corrales
La metamorfosis del sometimiento en Sinaloa no es un reacomodo natural de fuerzas políticas, sino un ejercicio de cooptación institucional que raya en el cinismo absoluto.
El caso de Ricardo Madrid, hoy Diputado Federal bajo las siglas del Partido Verde, es el arquetipo perfecto de la claudicación del «quirinismo», un grupo político que cambió su viabilidad ideológica por la supervivencia personal, operando bajo una lógica transaccional que consistió en la entrega del estado en 2021 a cambio de impunidad y acomodo.
Resulta sintomático, y no producto del azar, que los perfiles que articularon el comité de campaña de Mario Zamora candidato contra Morena en aquel proceso terminaran incrustados en las altas esferas del gobierno de Rubén Rocha Moya; fue un sabotaje interno, una capitulación calculada para desarticular cualquier resistencia frente al nuevo régimen.
En este tablero, el Partido Verde sinaloense ha asumido un rol tremendo :no representa una agenda ecológica, sino que se ha erigido como el bloque más dócil al Ejecutivo estatal.
Es una ironía del destino que la férrea disciplina y la verticalidad heredadas de sus años en el tricolor hayan convertido a estos cuadros en los aliados más confiables y útiles para el gobernador, superando incluso en servilismo a las bases originarias de Morena.
Hoy, la capital sinaloense amanece tapizada de espectaculares con el rostro de Madrid y una frase que se convierte en una burla semántica: «Ver de Verdad».
La contradicción es lacerante, pues el legislador ha sido incapaz de representar con decoro a los sinaloenses; sus nueve tibias intervenciones y quince iniciativas de corte meramente cosmético no logran ocultar su inacción ante los problemas estructurales. Mientras se escuda en temas sensibles como la protección a niñas, niños o mujeres —propuestas diseñadas para el lucimiento estadístico y la simulación legislativa—, el estado se desmorona bajo una crisis multidimensional.
Culiacán se ha consolidado como la ciudad más insegura del país, un epicentro donde la paz es una ilusión; la violencia de género alcanza niveles de horror, el robo de vehículos cotidianos desnuda la parálisis institucional y la economía local se desploma con la pérdida masiva de empleos.
Ante este colapso, la ausencia de una defensa férrea de Sinaloa desde la tribuna federal es una falta grave a la representación. Lo que salta a la vista es que, frente a la sucesión gubernamental al interior de la 4T, el horizonte luce como una obra de teatro con un guion predeterminado donde, aunque se contabilicen quince aspirantes, todos comparten el sello de aprobación del Ejecutivo.
Todos representan la perpetuación de un proyecto que ya le falló a la sociedad, confirmando que en el modelo de hegemonía cerrada que hoy vivimos, ninguna de las opciones propuestas ofrece una verdadera ruptura con el estado de cosas que asfixia a nuestra tierra; cambiar de rostro no implica, bajo ninguna circunstancia, un cambio de rumbo para Sinaloa.
Desde la óptica del transformismo gramsciano, este fenómeno es una lección clara sobre cómo las clases dominantes absorben cualquier intento de cambio, utilizando el lenguaje y la simulación como mecanismos de control social.
Al igual que en la teoría de la elección pública, el político aquí no busca representar el interés del mandante —el ciudadano—, sino maximizar su propia utilidad dentro de un sistema que premia la lealtad al centro de poder por encima del compromiso con el bien común. Estamos frente a una clase política que ha confundido la política con la gestión de intereses personales, una que, mientras se esconde tras el eslogan de una verdad inexistente, deja a la vista la carencia de ser una opción que cambie el statu quo anteponga el bienestar de Sinaloa a la comodidad de sus propias carreras.
Como bien advertía Maquiavelo, «el que engaña encontrará siempre quien se deje engañar». En Sinaloa, somos testigos de una metamorfosis que se disfraza de lealtad al régimen que hoy gobierna Sinaloa, olvidando que la traición es un hábito, no un accidente: quien traiciona por conveniencia una vez, ya ha firmado su sentencia de reincidencia. «La lealtad que se vende al mejor postor es una mercancía que, tarde o temprano, volverá a estar en oferta al servicio del mejor postor.»